Cuando la simulación prometía certezas… y entregó enigmas
La confesión reciente de FIA, en boca de su director técnico Nikolas Tombazis, no es un simple matiz técnico: es la admisión de que el reglamento 2022–2025 nació con un pecado original.
La obsesión por rodar cada vez más bajo —milímetros que valían décimas— empujó a la Fórmula 1 a un territorio donde las herramientas dejaron de decir la verdad.
El problema no fue solo el porpoising
Se habló mucho del rebote, sí. Pero el verdadero drama fue otro: la correlación.
Los coches de efecto suelo moderno operan en zonas altamente no lineales. Un cambio ínfimo en altura, rigidez o geometría podía alterar por completo el comportamiento del fondo. Resultado:
túneles de viento “convencidos”
CFD “optimista”
pista… implacable
Y lo más cruel: aun cuando todo parecía cuadrar, la correlación podía evaporarse de un Gran Premio al siguiente. Ingeniería de precisión convertida en ruleta técnica.
Ferrari: cuando entenderlo todo no alcanza
No es buscar excusas, es poner contexto. Ferrari logró en 2024 algo excepcional: un nivel de correlación envidiable. El coche respondía como decían los modelos.
Pero el reglamento era una trampa elegante. Ajustar parámetros —como la suspensión delantera— cambió cómo trabajaba el fondo, y el sistema completo perdió coherencia. La consecuencia fue una SF incomprensible, sensible, errática… casi un déjà vu doloroso.
Sí, casi una Mercedes-AMG Petronas Formula One Team W13: un coche que nunca terminó de ser entendido, pese al talento y los recursos detrás.
La lección que deja el reglamento
Este ciclo demostró algo incómodo: no basta con tener los mejores ingenieros si las herramientas no están preparadas para el fenómeno físico que intentan modelar. El efecto suelo moderno exigía una madurez que la F1 —Federación y equipos— no tenía en 2022.
2026: menos fe, más ciencia
La buena noticia es que el reset de 2026 promete alivio. Menos dependencia extrema del sellado por altura, más margen energético y aerodinámico, y un entorno donde los aerodinamistas podrán volver a confiar en lo que ven en la pantalla.
Menos magia negra. Más ingeniería. Y ojalá, menos coches “inexplicables”.
Porque la F1 puede aceptar el error humano.
Lo que no puede permitirse es que la simulación mienta con cara seria.
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